Foto:Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com
Por: Editora melissa guzman - Publicado en junio 07, 2026
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com
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Mientras las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses afinan sus estrategias para conquistar nuevos mercados financieros, incrementar su capitalización bursátil y consolidar posiciones dominantes en la economía digital global, una realidad mucho menos visible se abre paso bajo el brillo de la innovación. El conocimiento acumulado durante siglos por la humanidad, las lenguas que hablamos, los datos que producimos, nuestras conversaciones, imágenes, hábitos, memorias y formas de trabajo han sido progresivamente capturados, procesados y transformados en activos privados de extraordinario valor económico. Sin embargo, la apropiación de la experiencia humana no constituye el único fundamento material de esta nueva economía. A medida que las compañías tecnológicas multiplican sus beneficios, emerge una contradicción histórica de proporciones inéditas: millones de personas comienzan a disputar con la infraestructura global de inteligencia artificial recursos esenciales para la vida. Agua, energía, minerales estratégicos, territorio, trabajo humano y capacidad ecológica son absorbidos crecientemente por una arquitectura tecnológica privada cuya expansión parece no reconocer límites. Lo que se presenta como la gran promesa de progreso del siglo XXI tiene un rostro material, que pertenece a una nueva forma de acumulación.
Lo que durante años fue considerado una advertencia exagerada de filósofos de la tecnología, investigadores críticos y especialistas en ecología política acaba de ser respaldado por una de las instituciones académicas más importantes del sistema de Naciones Unidas. El 03 de junio de 2026, el Instituto para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH) publicó el informe Environmental Cost of AI’s Energy Use, un documento que cuantifica por primera vez, con una perspectiva integral, la huella energética, hídrica, territorial y climática de la inteligencia artificial. El informe no inaugura una discusión; la verifica. Convierte en evidencia medible lo que durante más de una década había sido advertencias académicas hechas por autores como Kate Crawford, Shoshana Zuboff, Nick Couldry y Ulises Mejias.
Las cifras son difíciles de asimilar, según las proyecciones de Naciones Unidas, para 2030 la infraestructura global asociada a la inteligencia artificial podría consumir cerca de 945 teravatios-hora de electricidad al año, generar aproximadamente 399 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, demandar más de 9,3 billones de litros de agua y ocupar indirectamente cerca de 14.500 kilómetros cuadrados de territorio. Traducidas a escala humana, estas magnitudes son devastadoras. El volumen de agua requerido sería equivalente a las necesidades domésticas básicas de alrededor de 1.300 millones de habitantes del África subsahariana. La electricidad consumida superaría ampliamente la utilizada conjuntamente por Pakistán, Bangladesh y Nigeria, países que suman más de 650 millones de habitantes. La huella territorial necesaria para sostener esta infraestructura equivaldría a casi diez veces el tamaño de la Ciudad de México.
Por primera vez en la historia, una infraestructura privada destinada a producir inteligencia artificial compite con naciones enteras por recursos indispensables para sostener la vida.
Lo que se hace evidente es que el discurso que se publicita en los medios, los temores de la superinteligencia fuera de control o al liviandad de Chat GPT esconden una realidad de contradicciones y necesidades materiales, en ese sentido El informe de la universidad de las Naciones Unidas revela las mentiras de la inteligencia artificial.
La primera mentira consiste en afirmar que la inteligencia artificial habita una nube inmaterial. Durante años se construyó una narrativa que presentaba el universo digital como un espacio abstracto, casi etéreo, desconectado de las restricciones físicas del planeta. El informe de Naciones Unidas desmonta esa ficción. La nube está hecha de centros de datos, redes eléctricas, sistemas de refrigeración, cables submarinos, minas de litio, cobre, cobalto y tierras raras, plantas energéticas, puertos y gigantescas cadenas logísticas globales. Lo que llamamos inteligencia artificial es, en realidad, materia organizada a escala planetaria.
La segunda mentira sostiene que la inteligencia artificial es una tecnología limpia. Las cifras revelan exactamente lo contrario. Los centros de datos ya consumen alrededor de 448 teravatios-hora de electricidad al año, una cantidad comparable al consumo nacional de Francia. Solo la porción atribuida a la inteligencia artificial representa aproximadamente 93 teravatios-hora anuales, suficiente para abastecer las necesidades residenciales de cientos de millones de personas. Naciones Unidas estima además que los centros de datos consumieron cerca de 4,5 billones de litros de agua durante 2025 y podrían superar los 9,3 billones hacia 2030.
La tercera mentira afirma que la eficiencia tecnológica resolverá automáticamente el problema. Durante años se asumió que procesadores más eficientes disminuirían el impacto ambiental de la inteligencia artificial. Sin embargo, el informe demuestra que entre el 80 % y el 90 % del consumo total ya no proviene del entrenamiento de los modelos, sino de su uso cotidiano. Cada consulta, cada imagen generada, cada video sintetizado y cada agente automatizado incrementan la demanda material del sistema. Una conversación con un chatbot avanzado puede consumir centenares de veces más energía que tareas computacionales tradicionales; la generación de imágenes multiplica significativamente esa demanda y la generación de video la lleva a órdenes de magnitud todavía mayores. La eficiencia no elimina el problema. Lo amplifica mediante la expansión masiva del uso.
La cuarta mentira sostiene que la inteligencia artificial democratiza universalmente el conocimiento. Los beneficios económicos se concentran en unas pocas corporaciones y en un reducido grupo de países capaces de controlar la infraestructura computacional global. Los costos ambientales, en cambio, se distribuyen entre territorios periféricos que aportan agua, energía, minerales y capacidad ecológica. El colonialismo territorial que caracterizó etapas anteriores de la modernidad adopta hoy nuevas formas digitales y extractivas.
Cuando Kate Crawford publicó Atlas of AI, argumentó que toda inteligencia artificial descansa sobre sistemas de extracción material; Shoshana Zuboff describió el capitalismo de vigilancia y mostró cómo la experiencia humana era transformada en materia prima para la acumulación económica y Nick Couldry y Ulises Mejias formularon la teoría del colonialismo de datos, sostuvieron que el capitalismo digital estaba construyendo nuevas formas de apropiación de la vida social, el informe de Naciones Unidas completa el cuadro, lo que antes era visible en el terreno de la teoría ahora puede medirse en litros de agua, toneladas de carbono, kilómetros cuadrados y teravatios-hora.
Durante años se nos enseñó a temer una superinteligencia artificial capaz de escapar al control humano y amenazar nuestra existencia. Ese imaginario continúa ocupando titulares, conferencias y debates públicos. Sin embargo, los datos apuntan en otra dirección. El riesgo existencial más inmediato no parece provenir de una conciencia artificial rebelde, sino de una infraestructura de inteligencia artificial cuyo crecimiento ilimitado comienza a disputar con los seres humanos recursos indispensables para la vida.
La cuestión es ecológica, económica, política y civilizatoria. Los sectores más empobrecidos del planeta empiezan a competir con sistemas de inteligencia artificial por agua dulce, electricidad, minerales estratégicos y capacidad ambiental. Al mismo tiempo, las mismas poblaciones que aportan datos, conocimiento, lenguaje, cultura y trabajo digital alimentan modelos cuyos beneficios económicos son capturados por una reducida élite corporativa global.
La gran paradoja del siglo XXI es que una tecnología concebida para ampliar las capacidades humanas exige cantidades crecientes de recursos cuya disponibilidad es limitada. La inteligencia artificial ya no es solamente una herramienta. Se ha convertido en un metabolismo industrial planetario. Y todo el metabolismo necesita alimentarse.
Quizá por eso la pregunta decisiva de nuestro tiempo no sea si las máquinas llegarán a pensar como nosotros. La pregunta verdaderamente urgente es cuánto agua, cuánta energía, cuántos minerales, cuánto territorio y cuánta experiencia humana estamos dispuestos a entregar para sostener una infraestructura de inteligencia artificial que promete abundancia mientras profundiza nuevas formas de escasez. Porque las fauces de la inteligencia artificial no están hechas de algoritmos. Están hechas de recursos que también necesitan los seres humanos para vivir.
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Referencias
Aczel, M., Madani, K., et al. (2026). Environmental Cost of AI’s Energy Use. United Nations University Institute for Water, Environment and Health (UNU-INWEH).
Atlas of AI. Yale University Press, 2021.
The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs, 2019.
The Costs of Connection. Stanford University Press, 2019.
Data Grab. Penguin Random House, 2024.
International Energy Agency. Artificial Intelligence and Energy (informes técnicos y proyecciones energéticas).
United Nations Environment Programme. Global Resources Outlook 2024.
The Stack. MIT Press, 2016.
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