Foto: José Javier Capera, columnista invitado cambioin.com
Por: Editora melissa guzman - Publicado en noviembre 30, 2025
Por: José Javier Capera, Profesor e Investigador. Columnista invitado cambioin.com
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Decían que era el bobo del pueblo.
El que caminaba torcido, el que hablaba bajito en las madrugadas cuando el gallo aún no sabía si cantar. El que todos señalaban para aliviar el peso de sus propias frustraciones. Lo empujaban, lo insultaban, lo usaban de espectáculo barato los fines de semana, cuando la cantina de Tapa la Soleta se llenaba de aguardiente Tapa Roja, tibio y de hombres que confunden la risa con la frialdad.
A él, lo lapidaban con piedritas, de esas que no rompen la piel pero sí la dignidad. Nadie lo escuchaba. Todos lo miraban, como si su existencia justificara la miseria de los demás en un pueblo agobiado por la violencia.
Pero el bobo sabía algo que los otros ignoraban: que el desprecio también es una forma de violencia, y que en Rovira, como en tantos rincones del país, la humillación era una política de las élites.
Un día bajó desde la vereda. Venía con la camisa mal metida en el pantalón y los zapatos desgastados, pero con la mirada limpia de quien no conoce la doblez del poder ni la ambición por tenerlo. Llegó hasta la alcaldía, quizá por inocencia o por costumbre, y saludó al alcalde.
El alcalde, que ese día estaba más borracho por la ciega autoridad que de trago tomados, lo miró con un desprecio viejo, heredado, casi ritual y clientelar.
—¿A usted qué le pasa, bobo hijueputa? —dijo—. ¿Qué hace saludándome?
El pueblo oyó el insulto. Algunos rieron porque no sabían hacer otra cosa sino ser borregos. Otros bajaron la mirada, sintiendo en el estómago una incomodidad que no sabían cómo nombrar.
El bobo tragó el golpe, como quien guarda piedras para no morirse de silencio.
Los años pasaron. El bobo seguía siendo el mismo para la gente, pero por dentro algo se movía. Observaba, escuchaba y aprendía de la vida. Veía cómo el alcalde repartía favores en las mañanas y olvido en las tardes. Veía cómo el pueblo se envenenaba con la esperanza del próximo candidato, el próximo salvador de la alcaldía.
Un día, uno de esos hombres que aún creen en segundas oportunidades le consiguió trabajo en la alcaldía. Barrer pasillos, mover papeles, llevar café. Pequeñas cosas que, para él, eran grandes: le daban nombre, le daban esperanza, le daban un lugar en su existencia.
Pero ni el trabajo ni la disciplina cambiaron la forma en que lo nombraban. Para el pueblo seguía siendo el bobo. Para el alcalde, una sombra incómoda que recordaba que el poder se tambalea cuando la dignidad ajena se levanta desde la resistencia.
Una tarde llegó una noticia urgente: algo que podía afectar al pueblo entero, tal vez un rumor, tal vez una amenaza. El alcalde no escuchó. Repitió su insulto como quien recita un himno:
—Bobo hijueputa.
—Bobo hijueputa.
El bobo guardó silencio. Pero no era el silencio de la resignación: era un silencio que va haciendo raíz en el corazón.
En plena época electoral, cuando Rovira se partía en dos bandos: los oficiales y los contradictores, los que prometían y los que aguardaban la ruina si esa promesa no llegaba, el alcalde bajó a la plaza. Saludó a ganaderos, comerciantes, operadores políticos y borregos. Saludó incluso a quienes fingían quererlo.
Pero no saludó al bobo.
Eso lo vio el pueblo.
Y algo cambió, aunque nadie lo nombró.
El bobo se acercó. No por sumisión, no por obediencia, sino porque entendía que su acto de humildad también era político y sincero..
—Buenas noches, señor alcalde —dijo.
El alcalde giró, cansado de su propia soberbia.
—¿Usted qué me saluda, bobo hijueputa? ¿Qué le pasa deje de ser igualado? ¿ Usted no entiende quién soy yo?
Ese fue el punto de quiebre.
La grieta que no se ve, pero se siente como un volcán en erupción.
Cuando el alcalde se dio la vuelta, el bobo que ya no era tan bobo, o quizá nunca lo fue, sacó un puñal que llevaba guardado en el pantalón y se la hundió al hombre una vez, dos veces y tres. Nadie contó cuántas, cada puñal fue una frase retenida, una lágrima reprimida y un insulto tragado que hizo mella de dolor.
Cuándo terminó, el pueblo quedó en silencio. Un silencio distinto: no el de la burla, sino el del miedo.
El bobo simplemente habló.
Por primera vez, habló como quien reclama un lugar negado durante décadas.
—No soy su bobo —dijo—. Soy del pueblo. Y el pueblo merece respeto.
El silencio que siguió no fue miedo.
Fue un reconocimiento.
La gente vio en él lo que siempre habían sido ellos mismos: un pueblo empobrecido, golpeado, burlado por los mismos discursos de siempre.
Las mujeres cruzaron los brazos.
Los campesinos asintieron con la cabeza.
Los jóvenes sintieron que algo del futuro se estaba redefiniendo ahí, en la plaza, sin micrófonos ni tarima.
Desde ese día, el bobo dejó de ser bobo.
No se volvió temido ni castigador.
Se volvió símbolo.
Un espejo incómodo donde Rovira vio su propia historia: la del oprimido que, al hablar, desarma al opresor.
La del humilde que, al hacerse escuchar, trastoca la política.
La del pueblo que, al reconocerse, deja de ser objeto para convertirse en sujeto.
En Rovira, desde entonces, nadie pronuncia su nombre con risa.
Porque entendieron —tarde, pero entendieron— que hasta el más humillado lleva dentro un grito:
el derecho a no seguir siendo el bobo del pueblo.
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