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Jonh Jairo Méndez el candidato de la mafia del poder y el oportunismo, en la UT

Jonh Jairo Méndez el candidato de la mafia del poder y el oportunismo, en la UT

Foto: Jonh Jairo Méndez Arteaga, candidato favorito par ser rector de la universidad del Tolima. cambioin.com

Por: Editora melissa guzman - Publicado en mayo 06, 2026


Un documento realizado por un grupo denominado: "Comunidad inconforme de la Universidad del Tolima" desnudan la realidad que se está viviendo al interior de la Universidad del Tolima, días previos a la elección del nuevo rector del alma mater, situación que calienta el debate, porque según el escrito, el señor Jhon Jairo Méndez Arteaga, ya esta elegido.

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Por: Denuncia comunidad inconforme de la Universidad del Tolima. cambioin.com

Escrito de la comunidad inconforme de la Universidad del Tolima:

En la Universidad del Tolima no se está eligiendo simplemente un rector. Se está escogiendo algo más grave, más hondo y más peligroso: si el Tolima quiere una universidad pública, crítica, incómoda, intelectual y autónoma, o si acepta que su principal institución de educación superior siga administrada como una sucursal del poder regional.

Esa es la pregunta que nadie quiere hacer en voz alta porque produce miedo. Y produce miedo porque toca los nervios de la rosca.

No se trata solamente de Jonh Jairo Méndez Arteaga. Se trata de lo que su candidatura representa. Méndez no llega como una ruptura académica, ni como una rebelión intelectual, ni como una promesa de universidad grande. Llega como llegan los candidatos del estatuto quo: sin épica, sin temblor, sin pueblo universitario detrás, pero con el olor inconfundible de los acuerdos cocinados arriba.

Ese es el verdadero debate: ¿la Universidad del Tolima va a elegir rector o va a ratificar dueño?

Porque una cosa es una universidad con rector y otra muy distinta una universidad con administrador de intereses. Una cosa es elegir a quien piense la institución y otra escoger a quien garantice que nada cambie. Y en esta elección, la candidatura de Méndez parece cargar precisamente esa misión: que nada cambie, que nadie incomode, que nadie abra las ventanas, que nadie pregunte demasiado.

Méndez es el nombre visible de una operación más profunda: conservar intacto el orden interno de la Universidad. No el orden académico, sino el otro. El de los silencios útiles. El de los contratos convenientes. El de los favores que no se escriben. El de los viajes que nadie explica con claridad. El de los viáticos que se normalizan. El de los cargos que domestican. El de las oficinas que neutralizan la crítica. El de los profesores que mandan más por miedo que por ideas. El de los funcionarios que aprendieron que pensar menos y obedecer más también puede ser una carrera administrativa. Esos profesores que ha sido nombrados con concursos chalecos y amarrados para ellos.

Eso no es universidad. Eso es una maquinaria con contratos privados y para unos pocos los rosqueros.

Y toda maquinaria necesita un candidato que no incomode.

Por eso la ausencia de Méndez en los debates abiertos, especialmente en escenarios vivos, incómodos y comunitarios como el Parque Ducuara, no es un detalle menor. No es un problema de agenda. No es una anécdota. Es una confesión política. Hoy Méndez es la muestra del continuismo de Omar Mejía y su proyecto universitario mediocre, pusilánime y clientelar.

Quien no se atreve a debatir con la comunidad no está preparado para gobernarla. Quien no se para frente a los estudiantes, profesores, trabajadores y víctimas a responder sin libreto, no quiere una rectoría democrática: quiere una rectoría de oficina. Una rectoría con puerta cerrada. Una rectoría de pasillo alfombrado. Una rectoría que hable de diálogo mientras escoge cuidadosamente con quién dialoga.

Y aquí hay que decirlo sin anestesia: una universidad cuyo candidato teme al debate es una universidad en peligro.

Porque el debate no es un favor que el candidato le hace a la comunidad. El debate es el mínimo acto de decencia democrática. Si alguien quiere dirigir una universidad pública y no soporta la pregunta incómoda, entonces no quiere dirigir una universidad: quiere administrar obediencias.

Méndez no parece representar una idea grande de Universidad del Tolima. No aparece una visión intelectual capaz de sacudir al departamento. No aparece un proyecto ambicioso de investigación. No aparece una lectura profunda sobre el lugar de la Universidad en el país. No aparece una propuesta capaz de decirle al Tolima: aquí vamos a pensar de nuevo, aquí vamos a investigar en serio, aquí vamos a recuperar la dignidad académica, aquí se acabó la universidad capturada.

Lo que aparece es continuidad, y la continuidad, cuando viene de una administración llena de preguntas sin responder, no es estabilidad: es encubrimiento político del fracaso.

Omar Mejía deja una Universidad que sus defensores presentan como ordenada, acreditada y financieramente rescatada. Muy bien. Que se reconozca lo que haya que reconocer. Pero una universidad no existe solo para sobrevivir contablemente. No se mide únicamente por balances, fachadas, convenios, ceremonias y discursos institucionales. Una universidad pública existe para pensar, para incomodar, para investigar, para proteger a su comunidad y para formar ciudadanía crítica.

El gran pecado de Mejía fue confundir gobierno universitario con control. Confundir acreditación con pensamiento. Confundir silencio con gobernabilidad. Confundir la administración de la crisis con un proyecto intelectual.

Y ahora su sombra pretende seguir mandando.

La candidatura de Méndez tiene la miseria propia de las campañas fabricadas por el poder: no nace de una comunidad movilizada, sino de una estructura acomodada. No genera entusiasmo, genera cálculo. No convoca esperanza, convoca disciplina. No produce ideas, produce alineamientos. No despierta la universidad, la adormece.

Su mayor mérito político visible no parece ser haber construido una visión universitaria capaz de estremecer al Tolima, sino representar tranquilidad para quienes ya están cómodos. Y cuando un candidato tranquiliza demasiado al poder, la comunidad debería entrar en pánico democrático.

Porque las universidades no se pierden de un día para otro. Se pierden lentamente. Primero se les quita el debate. Luego se les domestica la crítica. Después se les compra el silencio con cargos. Más tarde se les llena de protocolos. Finalmente, cuando la comunidad despierta, la universidad ya no es una universidad: es una oficina de legitimación del poder.

Eso es lo que está en juego,y  en el centro de esa discusión aparece una herida que no puede maquillarse: las violencias basadas en género. La Universidad del Tolima ha sido sacudida por denuncias, reclamos y exigencias de mujeres que no están pidiendo caridad institucional, sino garantías reales. Volcánicas reportó denuncias y cuestionamientos frente a presuntos casos de violencia basada en género en la institución, incluida una denuncia por presunta violencia laboral basada en género contra el rector Omar Mejía y su equipo directivo; los medios reportaron que el Consejo Superior aceptó su retiro temporal mientras avanzaba una investigación relacionada con ese caso.

Frente a eso, la Universidad no puede responder con cosmética.

Una oficina de género no basta. Un protocolo no basta. Una reunión no basta. Una frase de compromiso no basta. Una foto con lenguaje incluyente no basta.

La pregunta brutal es otra: ¿de qué lado está la Universidad cuando una mujer denuncia?

Porque puede existir una oficina de género y, al mismo tiempo, existir miedo. Puede existir una ruta institucional y, al mismo tiempo, existir soledad. Puede existir discurso feminista y, al mismo tiempo, existir permisividad frente a profesores señalados, acosadores denunciados o agresores presuntos. Puede existir una política de género y, al mismo tiempo, una administración más preocupada por cuidar reputaciones que por cuidar víctimas.

Ahí está el punto que produce escozor: una parte del poder entendió que la mejor manera de neutralizar al feminismo no era atacarlo, sino absorberlo. Darle una oficina. Darle un nombre. Darle un espacio. Darle una silla. Darle lenguaje institucional. Convertir la rabia en trámite.

Esa es la cooptación perfecta: tomar una causa incómoda y volverla dependencia administrativa.

Pero no todas se dejan comprar con membretes. Mientras algunos sectores se acomodan en la institucionalidad, otras feministas siguen preguntando lo que de verdad importa: ¿cuántas denuncias hay?, ¿en qué estado están?, ¿qué medidas de protección se activaron?, ¿qué profesores han sido investigados?, ¿qué sanciones existen?, ¿qué garantías tienen las denunciantes?, ¿por qué denunciar sigue costando tanto?

Esa diferencia es clave. Una cosa es el feminismo de oficina y otra el feminismo que todavía le tiembla en la cara al poder.

Méndez tendría que responder ahí, sin rodeos. No con palabras suaves. No con promesas de acompañamiento. No con frases de manual. Debe decir si va a desmontar la cultura de permisividad frente al acoso y la violencia, o si va a seguir administrando el problema como se administra todo en la Universidad: con comités, silencios y tiempo.

También debe responder por la investigación. Porque resulta cómodo hablar de ciencia, innovación y conocimiento cuando se está en campaña. Lo difícil es explicar por qué la Universidad del Tolima, con toda su historia y su peso regional, no logra proyectarse con la fuerza científica que debería. La propia Universidad muestra un sistema de revistas activo, pero la existencia de revistas no equivale automáticamente a incidencia científica robusta; el reto de indexación y visibilidad sigue siendo un punto crítico para una institución que pretende hablar de excelencia investigativa.

Y aquí la pregunta es más dura con Méndez porque él no llega de afuera. No es un extraño que viene a descubrir la Universidad. Hizo parte de la alta administración. Ha tenido responsabilidades institucionales. Entonces no puede vender como futuro lo que no logró empujar suficientemente desde el poder que ya tuvo.

Ese es el truco viejo de los continuistas: prometen arreglar mañana lo que administraron ayer.

La corrupción tampoco puede seguir siendo una palabra prohibida. Hay que hablar con precisión: no toda contratación es corrupción, no todo viático es delito, no todo salario alto es irregular. Pero una universidad pública sí tiene la obligación moral de explicar con absoluta transparencia cómo contrata, a quién contrata, para qué contrata, quién viaja, por qué viaja, cuánto cuesta, qué resultados deja y qué redes de poder se benefician.

La Universidad del Tolima ha tenido antecedentes de control fiscal relevantes. En un informe de actuación especial de fiscalización sobre un proyecto asociado a apropiación social del conocimiento, la Contraloría General reportó hallazgos administrativos con presunta incidencia disciplinaria y fiscal por $2.291 millones.

Eso no puede barrerse debajo de la alfombra con propaganda institucional.

Una universidad que ha tenido hallazgos, denuncias, cuestionamientos y tensiones internas no necesita un candidato complaciente. Necesita un rector incómodo. Un rector que abra archivos. Que publique información. Que rinda cuentas. Que revise contratos. Que explique viajes. Que transparente viáticos. Que rompa círculos cerrados. Que deje de tratar la Universidad como una finca de favores.

Pero Méndez no parece el hombre de la ruptura. Parece el hombre de la continuidad elegante.

Y ahí aparece la palabra que incomoda: mafia.

No la mafia cinematográfica de pistola y sombrero. No. Esa es demasiado burda. La mafia moderna del poder universitario es más fina, más limpia, más perfumada. Usa corbata, doctorado, resolución, acta, comisión, contrato, viático, oficina, comité, aval y discurso de inclusión.

Esa mafia no amenaza: condiciona.

No censura: aísla.
No golpea: margina.
No prohíbe pensar: premia al que no piensa demasiado.
No necesita robarse la Universidad de noche: la captura de día, con papeles en regla.

Ese es el peligro. Que todo parezca legal mientras la Universidad pierde el alma.

Por eso esta elección no es entre Méndez, Urrego o Aranda. Esa es apenas la superficie. La elección real es entre inteligencia y obediencia. Entre universidad y maquinaria. Entre autonomía y subordinación. Entre pensamiento crítico y administración del miedo. Entre una institución pública capaz de mirar al poder de frente y una institución arrodillada ante quienes reparten el departamento como si fuera herencia familiar.

La Universidad del Tolima tiene que decidir si quiere un rector o un capataz ilustrado.

Si quiere un proyecto intelectual o un gerente de la continuidad.

Si quiere una comunidad viva o una clientela universitaria.

Si quiere proteger a sus mujeres o seguir escondiendo la violencia detrás de oficinas bonitas.

Si quiere investigar en serio o seguir pronunciando la palabra ciencia como decoración de campaña.

Si quiere transparencia o más contratos explicados en voz baja.

Si quiere debate o más candidatos que le temen a la comunidad académica y al territorio universitario.

El Tolima debe mirar bien esta elección porque puede ser tarde cuando entienda lo que perdió. Las universidades no mueren cuando cierran sus puertas. Mueren antes, cuando dejan de incomodar. Cuando los estudiantes callan. Cuando los profesores calculan. Cuando las víctimas se cansan. Cuando los funcionarios obedecen. Cuando los candidatos no debaten. Cuando la comunidad normaliza que el rector lo ponga el poder.

Méndez representa el estatuto quo. Representa la continuidad de Omar Mejía. Representa la comodidad de quienes han aprendido a vivir bien en una Universidad sin sobresaltos. Representa ese tipo de poder que no quiere escándalos porque sabe que el escándalo obliga a mirar debajo de la mesa.

Pero la Universidad pública no nació para cuidar la tranquilidad de los poderosos. Nació para incomodarlos.

Por eso esta elección debe producir miedo. Sí, miedo. Pero no el miedo que paraliza, sino el miedo democrático de entender que una mala decisión puede hipotecar años de autonomía universitaria.

Miedo de despertar con una Universidad obediente.

Miedo de ver convertida la academia en apéndice de la Gobernación.

Miedo de que las denuncias sigan siendo expedientes y no justicia.

Miedo de que la investigación siga siendo discurso y no potencia intelectual.

Miedo de que los contratos pesen más que las ideas.

Miedo de que el rector sea elegido no por la comunidad, sino por la mafia tranquila del poder.

Porque cuando una universidad deja que la maquinaria le nombre el rector, ya no está eligiendo futuro.

Está firmando su rendición y lo más patético que será un futuro rector de la politiquería, la mafia del poder y la burocracia de las oficinas universitarias.

Fin de la denuncia

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