Foto: acoso a gran escala, imagen no tiene referencia a la nota solo ilustrativo. cambioin.com
Por: Editor en Jefe - Publicado en marzo 24, 2026
Los hombres torcidos: poder, acoso e hipocresía en las oficinas
Ahora que —por fin— el país empieza a mirar de frente una realidad que durante años se susurró en pasillos y se enterró en redacciones, el fenómeno de las denuncias por presunto acoso sexual deja de ser un hecho aislado para convertirse en un síntoma estructural. No es una moda: es una sacudida necesaria.
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Por: Denuncia Ciudadana. cambioin.com
Está pasando en los medios de comunicación, en las universidades, en las emisoras, en los juzgados, en las fuerzas militares. No es coincidencia: es el resultado de una cultura de poder mal entendido, donde el silencio fue durante décadas más funcional que la verdad.
Y en medio de ese entramado aparecen —una y otra vez— los mismos perfiles: hombres que caminan torcidos, chuecos, de medio lado, con una mirada que calcula antes de actuar; hombres chuecos en su andar, mirar y hablar, no en el cuerpo sino en la ética, cuya dignidad hace tiempo dejó de ser brújula. No son excepciones: son producto de estructuras que los toleraron, los protegieron o simplemente miraron hacia otro lado.
Pero esa historia empieza a romperse.
Porque esos mismos hombres —que creyeron que el poder les daba permiso, que confundieron jerarquía con impunidad, que pensaron que todas las mujeres callarían— comienzan a enfrentar una verdad que ya no pueden controlar: no todas ceden, no todas negocian, no todas se silencian.
Y cuando las mujeres hablan, no lo hacen por un episodio aislado. Lo hacen por dignidad. Por memoria. Por justicia. Por el derecho elemental a no ser reducidas a un objeto dentro de un sistema que durante años naturalizó la violencia simbólica y física.
Hoy, con etiquetas como #YoTeCreoColega y #MeTooColombia, se le arranca la máscara a lo que antes se maquillaba de “confianza”, de “ambiente laboral”, de “cercanía profesional”. Y ahí es donde empieza la incomodidad real.
Porque el problema nunca fue solo el acosador. El problema es el ecosistema que lo permitió.
Se insiste en que esto debe enseñarse: en colegios desde preescolar hasta la vida en sociedad, universidades, manuales de convivencia, códigos de ética. Y sí, es necesario. Pero hay una pregunta más incómoda: ¿de qué sirve enseñar rectitud cuando quienes lideran caminan torcidos?
Cuando el poder se ejerce de lado, con doble moral, con ambigüedad calculada —como esos hombres que nunca aprendieron a sostenerse en dignidad—, el discurso institucional se convierte en una ficción. Y en esa ficción prosperan los abusos, las insinuaciones disfrazadas de oportunidad, los silencios impuestos por miedo.
Porque el miedo ha sido el gran aliado del abuso: miedo a perder el trabajo, a truncar una carrera, a ser desacreditada.
Pero algo cambió. Y ese cambio es irreversible.
Las mujeres ya no están dispuestas a callar. Ya no aceptan el guión impuesto. Ya no legitiman estructuras que las vulneran. Y esa transformación incomoda, sacude, desestabiliza.
El “yo te creo” no es una consigna ligera: es una ruptura histórica. Es el fin de un pacto de silencio que protegió prestigios mientras destruía dignidades.
No se trata de renunciar al debido proceso. Se trata de dejar de asumir que el poder, por sí solo, es sinónimo de verdad.
Hoy se está poniendo el dedo en la llaga. Y sí, duele.
Duele porque desnuda que muchos espacios que se autoproclaman formadores —universidades, medios, instituciones— también han sido escenarios de abuso. Duele porque evidencia que la ética institucional ha sido, muchas veces, más discurso que práctica.
Y sobre todo, duele porque obliga a aceptar lo evidente: el problema no es externo. Está dentro.
En las redacciones.
En las oficinas.
En las jerarquías.
El país ya no está dispuesto a normalizar lo inaceptable.
Porque cuando el poder se ejerce sin control, no produce autoridad: produce degradación. Y cuando la dignidad se levanta, esos hombres torcidos —los que caminan de lado porque no pueden sostenerse en rectitud— terminan cayendo por el peso de lo que son.
El momento no es de escándalo pasajero. Es de ajuste moral.
Y esta vez, el silencio no parece tener cómo volver.
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