Video: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com
Por: Editor Ibagué - Publicado en febrero 15, 2026
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com
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El pasado 8 de febrero, más de 120 millones de personas en Estados Unidos —y decenas de millones más en el mundo— presenciaron lo que parecía ser un acto de resistencia simbólica. Bad Bunny se alzaba como el primer artista latino en cantar casi completamente en español en el show de medio tiempo del Super Bowl LX. Ocupó el escenario más estadounidense de todos con un despliegue de símbolos que desafiaban abiertamente la política migratoria de Donald Trump. El show alcanzó 128 millones de espectadores en su punto máximo, convirtiéndose en el cuarto más visto en la historia del evento. Las redes sociales estallaron. El presidente Trump lo calificó como el espectáculo de medio tiempo más terrible de todos los tiempos. La indignación fue inmediata. La celebración, también. Y, sin embargo, en medio del ruido, una pregunta quedó sin responder: ¿qué acabábamos de presenciar realmente?
El filósofo Rafael Gutiérrez Girardot advirtió que la identidad latinoamericana suele venderse como naturaleza, origen, pureza. El resultado de este discurso no libera a nadie; por el contrario, repite el viejo retrato colonial donde nos veían como el continente pintoresco, sentimental, primitivo.
Este mismo mecanismo de infantilización cultural estaba operando el 8 de febrero en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California. Bad Bunny nos presentó una América Latina folclórica: los niños dormidos en sillas, los cultivos de caña, el dominó en las esquinas del barrio, las barberías, la casita rosada; todo hermoso, todo auténtico, todo conmovedoramente decorativo.
Pero si le echamos un vistazo a los números, ellos revelan la verdadera naturaleza del evento. Apple Music, patrocinador oficial del show, paga aproximadamente 50 millones de dólares anuales a la NFL por el privilegio de asociar su marca con el medio tiempo. La producción del espectáculo de Bad Bunny costó entre 10 y 15 millones de dólares, completamente cubiertos por la NFL y Apple. El Super Bowl LX generó 500 millones de dólares en impacto económico para el área de la Bahía de San Francisco. Se movieron 1.760 millones de dólares en apuestas; los anuncios publicitarios de 30 segundos se vendieron entre 8 y 10 millones de dólares cada uno.
Desde el evento hasta hoy, los algoritmos han estallado produciendo decenas de miles de millones de dólares a partir de una corriente de opinión que se asume crítica, pero que es, en realidad, superficial y masiva. El show del Conejo Malo se convirtió en tendencia no porque cuestionara las estructuras de poder, sino porque las reforzó a través del consumo; generó un vínculo de identificación con el vasto público latino.
No podemos olvidar que el Super Bowl no es solo un espectáculo deportivo. Es una plataforma donde convergen corporaciones, publicidad y política. Las empresas que financian el evento participan activamente en el sistema económico que también dialoga mediante lobby, donaciones y regulación con figuras como Donald Trump.
Por ejemplo, Apple es una de las compañías con mayor capitalización bursátil del planeta y depende de cadenas de suministro extendidas por Asia, África y América Latina. Diversas investigaciones periodísticas y reportes de organizaciones de derechos humanos han relacionado a la empresa en regiones como la República Democrática del Congo, donde se extrae parte del cobalto usado por la industria tecnológica, con casos de violación de derechos humanos.
Al mismo tiempo, como otras grandes tecnológicas, Apple mantiene relaciones contractuales con agencias del Estado estadounidense y ha sido parte de debates sobre privacidad, seguridad y cooperación con entidades como el FBI. Estos vínculos no son secretos; forman parte del funcionamiento normal entre gobierno y corporaciones en sectores estratégicos. Algo básico se ha recordado en este evento: el espectáculo ocurre dentro de una arquitectura económica y geopolítica concreta. Las expresiones simbólicas de rebeldía circulan allí donde el negocio las necesita.
Ellos no temen a Bad Bunny. Lo usan, porque su show no amenaza el sistema, lo excita, le da una válvula de escape, reubicando noblemente a los latinos migrantes en un lugar decorativo, inferior, desconectado de la historia grande de América, de sus revoluciones, de sus luchas por la democracia y la autonomía, y de sus aportes a la humanidad.
Pero mientras estábamos conectados a las pantallas, miles de familias siguen siendo destruidas, niños separados de sus padres, y algunos pierden sus vidas mientras huyen de los agentes de migración. Según Pew Research Center (encuesta en línea del 24 de febrero al 2 de marzo de 2025, muestra representativa de adultos en Estados Unidos), el 42 % de los hispanos teme que ellos o un ser querido sean deportados.
Esto ocurre mientras Trump anuncia abiertamente sus fantasías imperiales: Canadá como el estado 51, Venezuela como el estado 53, el Golfo de México rebautizado como Golfo de América, Groenlandia como territorio estadounidense. La Doctrina Monroe del siglo XIX —América Latina como patio trasero de Estados Unidos— regresa sin sutilezas.
La frase de Bad Bunny, “seguimos aquí”, es el epitafio perfecto de esta derrota disfrazada de resistencia. ¿Dónde seguimos? En el suelo. El balón de fútbol americano que Benito Antonio Martínez Ocasio tiró al suelo no es un símbolo de rebelión. Es un símbolo de permanencia en el lugar asignado. Es la aceptación de que el latino puede estar en el Super Bowl, sí, pero solo como espectáculo.
El cinismo de este dispositivo paraliza la acción política real, genera una identificación programada que congela el pensamiento crítico y lo cristaliza en consumo. Entonces, el individuo es tendencia y no hay reflexión, solo intuición emocional. No hay organización colectiva, pues el dolor se individualiza. No hay construcción de alternativas, solo consumo masivo de la imagen de la resistencia, que genera identidad y millones de interacciones en dispositivos que están construidos para orientar cognitivamente nuestros deseos y escanear todos nuestros comportamientos.
Lo peor de todo es que la parálisis que se genera nos roba el futuro. Porque sin acción colectiva, sin resignificación compartida de lo que significa ser latinoamericano en Estados Unidos, no hay posibilidad de transformación, solo hay repetición de estereotipos fortalecidos por el sesgo algorítmico, ese que dice que todo latino o inmigrante es sinónimo de trabajo no calificado, de problemas y folclore.
Reconocer el valor y la gallardía de Bad Bunny al elevar la voz en el escenario más hostil no implica ignorar las condiciones estructurales que hicieron posible ese momento. El show fue, simultáneamente, un acto de repudio al autoritarismo de Donald Trump —que ve en el migrante al enemigo interno— y una operación de control cognitivo. Ambas cosas son ciertas.
Si bien es válido decir no al autoritarismo de Trump, no podemos confundir consumir, que es reproducir, con pensar, pues ahí radica el problema real: si no pensamos por nosotros mismos, no creamos salidas a un mundo que parece terminado, cerrado y donde estaremos siempre abajo, exactamente donde Bad Bunny dijo, seguimos aquí.
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