Foto:Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com
Por: Editor en Jefe - Publicado en mayo 03, 2026
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com
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Oakland, California, 28 de abril de 2026. Nueve ciudadanos comunes escuchan al hombre más rico del mundo reclamar que le robaron el futuro, mientras en la misma sala el jefe de la empresa de inteligencia artificial más valiosa del planeta lo acusa de querer controlarlo todo. Entre ambos, invisible pero dueño del 27% de la disputa, está la corporación que dominó la era del software personal, perdió la batalla del smartphone y decidió que la próxima guerra no la inventaría sino que la compraría. Se discute quién controlará la inteligencia que, según sus propios creadores, superará a la humana antes de 2035.
Había algo obsceno en la escena, pero no era exactamente lo que parecía. El hombre que quiere colonizar la Luna para instalar fábricas de inteligencia artificial, que proyecta diez millones de robots humanoides al año para 2030, tomó el estrado diciendo que le habían robado una promesa, que la IA más poderosa de la historia sería de todos. Lo que no dijo es que desde el primer día negoció el control de la empresa como condición de su donación, exigiendo mayoría accionaria, asiento en el directorio y el cargo de CEO. Cuando no lo consiguió, se fue, cuando la empresa triunfó sin él, demandó.
El que reclama es Elon Musk, dueño de los satélites que cubren la órbita baja terrestre, de los cohetes que apuntan a Marte, de los autos sin conductor, de la empresa que instala electrodos en el cerebro humano; el hombre que fusionó xAI con SpaceX —su empresa aeroespacial y de defensa— y que acusa a otros de militarizar la tecnología mientras sus propios contratos con el Pentágono crecen en silencio. El acusado es Sam Altman, jefe de OpenAI, la empresa que colocó la inteligencia artificial en las manos de la humanidad, la dueña de Chat GPT. Sentado en la misma sala, con sus propios abogados y sus propios intereses, está el tercer protagonista que el juicio prefiere no nombrar con tanta frecuencia, Microsoft, no como entidad abstracta sino como Bill Gates y Satya Nadella y un consejo de personas que tomaron una decisión estratégica simple, si el futuro de la computación ya no es el dispositivo que llevas en el bolsillo sino la infraestructura que lo hace pensar, entonces hay que poseer la tubería.
Microsoft dominó la era del software personal y perdió la del smartphone ante Apple y Google. Esta vez no intentó inventar, invirtió trece mil millones de dólares en varias rondas en una organización que los necesitaba para sobrevivir, y a cambio obtuvo el 27% de la compañía y el derecho exclusivo a usar sus modelos en Azure, Copilot y Office. No compró una empresa, compró autoridad sobre la infraestructura del poder global, la nube donde corren los gobiernos, los hospitales, los ejércitos y las escuelas. Microsoft no es hoy una empresa de software, es el pilar silencioso de la infraestructura que moldea la seguridad nacional, la educación, la salud y la defensa. Porque quien controla los modelos controla las dinámicas del Estado.
Los directivos de las grandes compañías predicen que la inteligencia artificial general superará a la humana antes de 2035, si ocurre, quien opere esa infraestructura tendrá una capacidad de incidencia sobre los sistemas energéticos, financieros, militares y comunicativos del planeta sin precedente en la historia. Amazon, Google, Meta y Microsoft presupuestan 650 mil millones de dólares en infraestructura de IA solo en 2026, para que la cifra no se evapore, es trece veces el presupuesto anual de Colombia, mientras tanto, 92.000 trabajadores tecnológicos han perdido su empleo en lo que va del año.
La única empresa que se negó a entregarle su tecnología al Pentágono sin condiciones fue Antropic dos líneas rojas: nada de armas autónomas, nada de vigilancia masiva de ciudadanos, Trump la declaró “riesgo para la seguridad nacional” —designación reservada históricamente para estados enemigos— y ordenó a las agencias federales cortar todo vínculo; días después una jueza federal bloqueó la orden “Nada en el estatuto respalda la noción orwelliana de que una empresa estadounidense pueda ser catalogada como adversaria por expresar desacuerdo con el gobierno.” OpenAI y Google, que sí cedieron, operan hoy sin fricciones dentro del aparato militar. Quien obedeció ganó contratos. Quien tuvo principios —imperfectos, corporativos, pero principios al fin— ganó un juicio y perdió un mercado.
Un tribunal del siglo pasado, con doctrinas de fideicomiso del siglo anterior, arbitra quién tiene derechos sobre la tecnología más disruptiva que haya producido nuestra especie, la Unión Europea aprobó una ley de inteligencia artificial que llegó vieja al mundo, las Naciones Unidas emiten declaraciones sin dientes y los países que no fabrican los chips, no entrenan los modelos ni poseen los centros de datos padecen los efectos sin voz en ninguna mesa donde se decida su alcance. Esa dependencia tiene antecedentes que América Latina conoce bien, aunque reducirla mecánicamente al colonialismo sería ahorrarse la explicación que merece: no es lo mismo la extracción física de cuerpos y territorios que la extracción de datos y mercados, Es un problema distinto, igual de serio, que todavía no tiene nombre preciso ni respuesta articulada desde el Sur.
En Oakland, nueve californianos decidirán si Musk o Altman merecen más el futuro. El veredicto será consultivo, la decisión final la tomará la jueza Yvonne Gonzalez Rogers. Pero lo que se resuelva en esa sala inclinará la balanza en una disputa donde el premio no es un mercado sino la capacidad de decidir el destino de la especie. Sin regulación vinculante. Sin participación democrática. Sin que nadie, en ningún idioma, haya podido votar sobre ello.
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