Foto:Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com
Por: Editor en Jefe - Publicado en abril 05, 2026
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com
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En el momento en que escribo estas líneas, cuatro astronautas norteamericanos —Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch, Jeremy Hansen— viajan en una nave espacial que da la vuelta a la Luna y regresa. Quizás la próxima vez sean cruceros interestelares manejados por empresas tecnológicas mundiales. Pero lo que sí es cierto es que el salto que se dio en 1969 hoy se ha vuelto una realidad operativa, el ser humano conquista el universo, puede viajar en naves por el espacio, no perder la vida, y hacerlo de manera estable, repetible y escalable.
En 1969, cuando el primer astronauta pisó la Luna, yo no existía. Pero en ese momento, por primera vez en toda la historia de la humanidad, un ser humano podía salir del planeta y pisar la superficie de otro mundo. Era un salto histórico. La especie había conquistado el universo —o al menos su vecindario inmediato— y daba un paso que parecía infinito en una carrera evolutiva sin techo. Kennedy estaba muerto, pero su apuesta seguía viva: elegimos ir a la Luna no porque fuera fácil, sino porque era difícil, y porque estábamos dispuestos a ganar.
La imagen era poderosa, una bandera ondeando sin viento, una huella que el vacío preservaría intacta, 382 kilogramos de rocas distribuidos como regalos diplomáticos, Estados Unidos había gastado 25.000 millones de dólares —el 2,5% de su presupuesto federal— para demostrar que podía llegar donde nadie más llegaba.
Pero la Luna, para Estados Unidos, fue algo más que victoria, fue su símbolo de supremacía tecnológica que derribaba los mitos del desarrollo que el propio país vendía como horizonte político, tecnológico y democrático. Si podíamos llegar a otro mundo, ¿qué no podíamos resolver en este? La pobreza, el hambre, la guerra, todo parecía soluble ante la evidencia de ese salto. La modernidad funcionaba. La ciencia funcionaba. El sistema funcionaba.
Era mentira, claro. Pero era mentira productiva.
La Unión Soviética, que había puesto primero el satélite, primero el hombre en órbita, primero la caminata espacial, se quedó sin combustible y sin narrativa. La carrera estaba ganada. La Luna era americana, aunque el Tratado del Espacio Exterior de 1967 —negociado entre Washington y Moscú— prohibiera formalmente la soberanía territorial. No importaba. La posesión simbólica bastaba.
Y durante cincuenta años, bastó.
La NASA no volvió. El programa Apollo cumplió su función, permitir que Kennedy ganara post mortem, que Nixon recogiera los votos, que una generación creyera que el progreso no tenía límites. La Luna pasó a manos de relatos conspiracionistas, de quienes dudaban si el alunizaje fue real o montaje en algún hangar de Nevada. Mientras tanto, la bandera permanecía allí, la huella seguía intacta, esperando que alguien reclamara su significado cuando fuera necesario.
El reclamo llegó 40 años después , cuando el capital tecnológico necesitó cantidades absurdas de energía para el funcionamiento de sus centros de datos. Cuando los minerales críticos de las cadenas de producción no fueron suficientes en el planeta. Cuando la tecnología en manos de la industria militar tecnológica privada —las grandes tecnológicas del mundo guiadas por la filosofía TESCREAL— conquistó avances tecnológicos suficientes para colocar a los seres humanos en órbita de manera estable, segura y rentable.
En 2017, Donald Trump firmó la Directiva Espacial 1, heredera de toda esa retórica de grandeza que Kennedy había inaugurado y que ahora, mutada, sirve a estos fines concretos. "Estados Unidos liderará el retorno de humanos a la Luna para establecer la base necesaria para eventualmente enviar humanos a Marte". No es ciencia lo que se busca. Es economía extractiva: hielo congelado en los cráteres del polo sur —600 millones de toneladas métricas estimadas—, minerales sin oxígeno para fundir en la órbita, posición estratégica como plataforma de control militar. La Luna deja de ser destino romántico para convertirse en infraestructura productiva.
El Programa Artemis busca exactamente eso, extraer recursos, establecer presencia permanente, convertir el satélite en nodo de una economía que ya no es terrestre. La NASA ejecuta este mandato con un presupuesto que asciende a 93.000 millones de dólares proyectados, retrasos incluidos que ya superan los 20.000 millones adicionales, fechas que se corren año tras año pero que no detienen la máquina. El proyecto se sostiene en los Acuerdos de Artemis, firmados por 32 países desde 2020, que funcionan como primera constitución de este nuevo régimen: no reconocen soberanía territorial —mantienen la fachada del Tratado de 1967— pero permiten "zonas de seguridad" donde operar, delimitar, excluir. Es territorialización sin nombre legal, privatización con ropaje multilateral.
Estados Unidos lidera esta convocatoria con la lógica de la protección extorsiva. Primero fabrica el peligro de China —que planea alunizar tripulado para 2030, que en 2024 confirmó agua en el polo sur mediante la misión Chang'e-6, que avanza con centralización estatal mientras Washington depende de contratos privados—, luego ofrece la alianza que neutraliza ese peligro. Vengan conmigo, dice. Reconozcan mi poderío y accederán a los beneficios diferenciales.
Pero el verdadero socio no es ningún Estado. Es SpaceX.El contrato de SpaceX con la NASA para el módulo lunar asciende a 4.400 millones de dólares, duplicado desde 2021 mediante modificaciones que nadie explica en detalle. Elon Musk, que en febrero de 2026 anunció el cambio de rumbo hacia "una ciudad autosuficiente en la Luna en menos de 10 años", no paga el riesgo político. No paga los funerales si falla. Paga solo la promesa de reutilización, de escalabilidad, de futuro mercado donde los costos —actualmente 50 a 100 millones por asiento— eventualmente se fraccionaran en paquetes turísticos para una élite global.
Este es el arrendamiento de soberanía en acción: el Estado asume la legitimidad, el marco jurídico, la financiación inicial, los cuerpos humanos. El capital privado se posiciona para capturar el valor. Si los astronautas que ahora orbitan la Luna mueren, es tragedia nacional, minuto de silencio, bandera a media asta. Si tienen éxito, los beneficios son accionariales, sujetos a cláusulas de confidencialidad, repartidos en boardrooms donde ningún votante tiene asiento.
Todo bajo la retórica de la ética. China no debe acceder a la inteligencia artificial general porque destruiría "los valores norteamericanos". Como si la ética fuera patente registrada. Como si el país que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki —220.000 muertos en días—, que mantiene prisioneros sin juicio en Guantánamo desde 2002, que asesina por drones sin declaración de guerra en Pakistán, Yemen, Somalia, pudiera ahora presentarse como guardián moral del algoritmo.
La transición es clara de Kennedy a Trump, de la carrera contra la Unión Soviética, a la carrera contra China, del asombro evolutivo a la explotación sistemática, del Estado al capital. El proyecto Apollo era una empresa estatal total, diseñada por la NASA, ejecutada por contratistas federales, financiada por impuestos. Artemis es un híbrido mutante donde lo público y lo privado ya no se distinguen, donde la filosofía TESCREAL —transhumanismo, extropianismo, singularidad, racionalismo efectivo, altruismo efectivo, longtermismo— guía las decisiones de quienes conquistan la órbita sin rendir cuentas a nadie.
Los astronautas que ahora viajan son los primeros obreros de una economía Extra planetaria al tiempo de servir con sus cuerpos como experimento para saber su viajar, orbitar y regresar es estable, se puede escalar. Si se puede escalar, se puede comercializar. Y si se puede comercializar, pues, los excedentes por volumen pagarán los costos.
Y sabe quién pagará la diferencia. Los contribuyentes financian la investigación básica —23.000 millones anuales para la NASA, más deuda pública que las generaciones futuras heredarán—. Los multimillonarios comprarán los asientos. El resto del planeta —incluyéndome, incluyéndonos— financiará con impuestos, con deuda, con recursos agotados, infraestructuras desde las cuales será excluido. La perspectiva final —ver la Tierra como esfera azul suspendida, como hogar recibido y sistemáticamente destruido— será producto de lujo. No el tiempo, no la salud, sino la distancia. La posición de quien ya no está dentro, sino afuera.
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