Foto:Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com
Por: Editor en Jefe - Publicado en julio 11, 2026
Por: Johan Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com
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“El sujeto se reconoce a sí mismo en las grietas y lagunas constitutivas del Otro digital.”
Slavoj Žižek, Múnich, 22 de mayo de 2026.
Entre el 21 y el 23 de mayo de 2026, el Aula de la Hochschule für Philosophie de Múnich, Kaulbachstraße 31, a unos pasos de la Biblioteca Estatal de Baviera, acogió el seminario internacional “Knowledge Without Comprehension? On Spirit after Hegel in the Age of AI”, organizado por el profesor Dominik Finkelde SJ con apoyo de la Fundación Fritz Thyssen, durante tres días, pensadores como Mladen Dolar, Alenka Zupančič, Adrian Johnston, Rahel Jaeggi y Christoph Menke discutieron, alrededor de la obra de Slavoj Žižek, si puede existir un saber sin comprensión, y que la sede fuera una institución de la Compañía de Jesús añade una resonancia histórica difícil de ignorar; el advenimiento de la inteligencia artificial como fenómeno civilizatorio devuelve a la memoria aquella etapa en que la escolástica se reunió a examinar la naturaleza y los derechos de otros seres, en Valladolid, hacia 1550, cuando Sepúlveda y Las Casas disputaron la condición de los pueblos americanos mientras el oro cruzaba el Atlántico. Cinco siglos después, el interrogante regresa al aula con otro protagonista , la máquina, y con el mismo telón de fondo que nadie quiere mirar o dedicarle la atención necesaria, la extracción.
El momento central del seminario ocurrió el 22 de mayo a las cinco de la tarde, cuando Žižek dictó la conferencia “Why Artificial Intelligence Is Not a Subject”, cuyo texto publicó el 30 de mayo en su propia plataforma y cuya versión en español circuló días después, su argumento, sostiene que el sujeto no nace del cálculo sino de la falta, del deseo, del fracaso de toda representación; que la subjetividad es una herida antes que una función, y que una arquitectura estadística no puede tener heridas. Cuando escribe que “el sujeto mismo solo emerge a través del proceso de alienación”, el filósofo esloveno clausura la fantasía de una máquina consciente, el modelo de lenguaje es conocimiento sin sujeto, una maquinaria matemática que habla desde el saber acumulado sin que nadie hable en ella.
Conviene sostener esa tesis sin matices, porque la confusión pública se ha vuelto la regla, un modelo de lenguaje no entrega la conclusión de un pensamiento sino la predicción estadística de la palabra siguiente, calculada sobre el acervo lingüístico de la humanidad; produce la forma del razonamiento sin el trayecto del concepto, y si sus respuestas nos parecen pensadas es porque nuestra necesidad de encontrar interlocutor resulta más fuerte que la evidencia de que nadie espera al otro lado; hasta aquí, la defensa de Žižek merece ser respaldada con su misma firmeza.
Hay, sin embargo, un pasaje de aquella conferencia que la discusión apenas registró, casi como una una pieza de protocolo, Žižek concede que si observamos nuestra relación con estos sistemas como fenómeno social, el Amo oculto en el lugar de la verdad es la corporación que controla el algoritmo y que, por lo tanto, nos explota; dicho esto, el texto regresa a Lacan como si esa oración fuera una formalidad previa al verdadero asunto, y la frase queda ahí, como una puerta entreabierta que el propio texto no cruza y que esta columna se propone cruzar.
Porque si la máquina carece de subjetividad, su propietario la tiene de sobra, no en el registro lacaniano donde el sujeto es efecto de una falta, sino en el sentido clásico de la historia, voluntad, estrategia, cálculo económico y político, los nombres propios existen, Sam Altman al frente de OpenAI, Dario Amodei en Anthropic, Demis Hassabis en Google DeepMind y Elon Musk en xAI encabezan, junto a los conglomerados que sostienen el andamiaje, Nvidia, Microsoft, Amazon Web Services, Meta, Palantir, y a los fondos que los capitalizan, una élite tecnológica global que se presenta a sí misma como llamada a conducir el destino de la especie; una élite que al tiempo toma decisiones, firma contratos, cabildea legislaciones y reorganiza la división internacional del trabajo cognitivo. Lo que llamamos inteligencia artificial no es entonces una mente en gestación sino ese campo donde se cruzan intereses, deseos, expulsiones y relatos, y donde la propiedad determina el lugar de enunciación desde el cual se interpreta la realidad; por eso su modo de acumulación merece el nombre antiguo que algunas filosofías no pronuncian, saqueo.
El inventario puede seguirse con documentos en la mano, del triángulo andino sale el litio que almacena la energía de los centros de datos y quedan en las comunidades del salar los pasivos ambientales a cambio de regalías marginales; de acuíferos públicos sale el agua que refrigera los servidores en regiones sometidas a estrés hídrico; de redes eléctricas construidas con décadas de inversión estatal sale la potencia que consumen esos gigantescos cómputos. Y de las bibliotecas, la prensa, la ciencia, el código y las conversaciones de la humanidad entera salió la operación extractiva más ambiciosa jamás ejecutada, la apropiación del archivo intelectual común para nutrir sistemas privados, sin que mediara consentimiento ni pago efectivo a los millones de autores cuyo trabajo constituye la materia prima de cuanto estas máquinas producen. Lo que en otra columna llamé el rapto del intelecto general dejó de ser metáfora para volverse geografía, pues ninguno de los cien principales clusters de computación de alto rendimiento capaces de entrenar grandes modelos opera en un país en desarrollo: los minerales viajan del Sur; la capacidad de pensar con ellos permanece en el Norte.
Aquí opera el artefacto ideológico de nuestra época, el fantasma de la superinteligencia, esa entidad futura que despertará para gobernar el porvenir, captura la imaginación del público y funciona como pantalla de proyección que desvía la mirada de la materialidad de las relaciones de dominio que ya reconfiguran el mundo humano. Mientras la conversación planetaria se interroga si la máquina piensa o si llegará a exterminarnos, el desplazamiento histórico ocurre en silencio, el ser humano pierde el centro de la producción simbólica y material, y su lugar no lo ocupa ningún robot consciente sino una infraestructura privada que administra lenguaje, información y decisión. Es la versión perfeccionada del Síndrome de Ultrón que he descrito en entregas anteriores, donde el monstruo de la pantalla encubre el contrato de concesión minera, los exceso en el consumo del agua y la energía y el rapto del lenguaje, el trabajo y el intelecto general de la humanidad, de modo que la amenaza imaginaria del futuro termina siendo la coartada del saqueador del presente.

El encuentro de Múnich ya produce réplicas académicas que sostienen que un aparato significante capaz de fallar ante la demanda podría reclamar el título de sujeto, señal de que el seminario tocó un nervio de la época, y nada de lo dicho aquí le resta valor a esa reflexión, importante por su hondura y por los tiempos a los que acude. Lo que allí quedó apenas enunciado, en aquella frase sobre el Amo que controla el algoritmo, fue la cuestión de la materialidad, la posesión y la propiedad, determinante porque en ella se juegan las condiciones bajo las cuales el pensamiento mismo seguirá siendo posible.
La respuesta ofrecida en Kaulbachstraße fue filosóficamente precisa, y quien espere encontrar en la inteligencia artificial deseo, conciencia o falta esperará en vano. Pero Valladolid enseña que la disputa metafísica puede ser el ruido que acompaña al despojo; llamémosla la coartada del alma: mientras la humanidad delibera sobre el estatuto de la criatura, alguien contabiliza el cargamento. Ayer el examen recayó sobre el habitante del Nuevo Mundo y las bodegas iban llenas de oro; hoy recae sobre la máquina y van llenas de litio, de agua y de palabras ajenas. El sujeto de esta historia no habita dentro del modelo de frontera, se encuentra en las juntas directivas de las grandes compañías tecnológicas, en los CEO, en los fondos que los financian y en los contratos que los alimentan. Reconocerlo no exige atravesar teoría lacaniana alguna; basta el gesto más viejo de la crítica, que consiste en seguir el rastro de lo tomado hasta la mano que lo retiene, la máquina no piensa, pero sus dueños llevan años pensando cómo quedarse con todo y quedándose con todo.
Nota de la edición: la investigación, las tesis y la autoría de esta columna corresponden íntegramente al autor. Se empleó asistencia de inteligencia artificial para verificación de fuentes, corrección gramatical y composición tipográfica. Las citas de Slavoj Žižek corresponden a la versión en español del texto que el autor esloveno publicó el 30 de mayo de 2026, identificado por él mismo como la conferencia dictada el 22 de mayo en Múnich.
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