Foto: Omar Mejía Patiño, rector de la Universidad del Tolima. cambioin.com
Por: Editor Ibagué - Publicado en febrero 15, 2026
En el Tolima hay despedidas que no son despedidas. Son transiciones. Cambios de nombre para que nada cambie. El rector de la Universidad del Tolima, Omar Mejía Patiño, anunció que cerrará su ciclo luego de diez años al frente de la principal universidad pública del departamento y que continuará vinculado como docente de planta. Lo dijo en el escenario perfecto: la presentación de los proyectos estratégicos para 2026. Un acto que, más que balance, sonó a legado. Más que cierre, pareció un acto de entrega.
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Por: Editor Local. cambioin.com
Porque cuando un rector se va después de una década, lo que realmente se juega no es el cargo. Es el control.
Las cifras, por supuesto, se presentan como triunfo: el salto a más de 28 mil estudiantes, casi el doble que en 2016; la meta de llegar a 30 mil en 2026; la promesa de 30 nuevas plazas docentes por convocatoria pública; la creación de una Unidad de Virtualidad; la expansión de programas; y un presupuesto anunciado cercano a 298 mil millones de pesos, con obras y proyectos de sostenibilidad como la sede Sur del Tolima y la planta de energía solar.
Todo eso suena bien. Suena moderno. Suena institucional. Suena a universidad del futuro.
Pero la pregunta que no se dice en los micrófonos es otra:
¿esa hoja de ruta es un plan para la Universidad… o un plan para el sucesor?
Porque cuando una administración anuncia el futuro justo antes de irse, lo que está haciendo también es marcar el terreno: dejar escrito lo que debe hacerse, quién debe hacerlo y, sobre todo, quién debe continuar.
Y ahí aparece el nombre que muchos ya pronuncian como si fuera un secreto a voces: Dr. John Jairo Méndez.
No se trata de acusar. Se trata de problematizar. Porque la Universidad del Tolima no es una oficina más. Es un centro de pensamiento. Un espacio público de conocimiento. Un lugar que no debería ser herencia política ni continuidad automática.
Y cuando un posible sucesor empieza a sonar antes de que el proceso sea realmente abierto, la comunidad universitaria tiene derecho a preguntarse:
¿Se viene una elección democrática o una sucesión arreglada?
¿Se viene una rectoría por méritos o por alianzas?
¿Se viene un cambio real o una prolongación del mismo poder con otro rostro?
La universidad pública tiene una fragilidad histórica: su autonomía suele ser respetada en el discurso, pero disputada en la práctica. Los grupos políticos siempre han entendido que controlar una universidad no es solo controlar un campus: es controlar presupuesto, contratación, legitimidad social, influencia cultural y futuro.
Por eso el debate de 2026 no puede reducirse a si Omar Mejía “lo hizo bien” o “lo hizo mal”. Ese es un debate legítimo, sí, pero incompleto.
El debate real es si la Universidad del Tolima va a elegir un rector o va a “recibir” un rector.
Porque una universidad no se dirige solo con metas de matrícula.
Se dirige con independencia.
Y ahí está el punto más delicado: el crecimiento de estudiantes, la virtualidad, la expansión presupuestal y las obras son herramientas poderosas… pero también son el combustible perfecto para que una institución pública sea capturada por redes de poder.
Más estudiantes significa más decisiones.
Más presupuesto significa más contratos.
Más sedes significa más influencia territorial.
Más plazas docentes significa más expectativas, más tensiones y más presión.
Entonces la pregunta final es incómoda, pero necesaria:
¿Quién va a administrar esa expansión?
¿Y con qué garantías?
La Universidad del Tolima no necesita un heredero.
Necesita un rector elegido con transparencia.
Necesita un proceso limpio, abierto, verificable, sin pactos, sin cuotas, sin “acuerdos previos”.
Porque si la rectoría se convierte en una continuidad diseñada, la universidad pierde lo único que la hace universidad: la libertad.
Y si el nombre del Dr. John Jairo Méndez termina imponiéndose como sucesión natural, la comunidad académica debería exigir, como mínimo, que se responda públicamente:
¿Cuál es su visión?
¿Cuál es su independencia real?
¿Cuáles son sus respaldos políticos?
¿Y qué garantías ofrece para que la Universidad no sea una plataforma de poder sino un espacio de pensamiento?
En el Tolima, los cargos cambian.
Las redes quedan.
Y si la Universidad del Tolima no cuida su autonomía en 2026, no perderá solo un rector.
Perderá su futuro.
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