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La Era de la Fuerza y el fin del relato democrático.

La Era de la Fuerza y el fin del relato democrático.

Foto: Sebastián Gutiérrez Mosquera. columnista invitado cambioin.com

Por: Editor Ibagué - Publicado en enero 26, 2026

Por: Sebastián Gutiérrez Mosquera. Columnista invitado cambioin.com

Advertencia: los comentarios escritos a continuación son responsabilidad única y exclusiva de su autor, y en nada compromete a este medio de comunicación digital.

I. El retorno del destino.

La historia política de Estados Unidos no puede comprenderse sin atender a la arquitectura simbólica que la ha sostenido desde el siglo XIX. El Destino Manifiesto no fue únicamente una doctrina expansionista, fue un dispositivo moral que convirtió la violencia en deber histórico, la conquista en misión civilizatoria y el exterminio en costo necesario del progreso. Bajo la retórica de la libertad y la democracia, esta doctrina permitió expulsar a las potencias europeas del continente americano mientras ocultaba los intereses económicos y militares que dejaron a su paso pueblos desplazados, guerras de anexión y una estructura continental de dominación.

Esa lógica no desapareció, mutó. Con la Doctrina Monroe, Estados Unidos declaró a América Latina su zona natural de influencia, inaugurando un siglo de intervenciones directas e indirectas. Golpes de Estado, invasiones, guerras proxy, el Plan Cóndor, dictaduras militares y contrainsurgencias marcaron la región como laboratorio de control territorial y disciplinamiento político. La soberanía fue tolerada solo cuando no interfería con los intereses estratégicos de Washington.

Esta genealogía desemboca hoy en una nueva formulación, la Doctrina de Seguridad Nacional restaurada en noviembre de 2025, conocida como doctrina Trump . A diferencia de sus predecesoras, ya no se limita a un espacio hemisférico ni a la contención ideológica del comunismo. Se proyecta globalmente y redefine la seguridad como dominación preventiva, el derecho como limitación y la fuerza como mecanismo legítimo de orden.

Aquí muere el neoliberalismo como relato normativo. El mercado ya no promete armonía; promete supervivencia. La democracia deja de ser condición del liderazgo; se convierte en variable prescindible. Y la inteligencia artificial es asumida, por primera vez de manera explícita, como activo estratégico central del poder estatal.

II. Capitalismo tecnológico y crisis civilizatoria

El capitalismo contemporáneo ha alcanzado una singularidad histórica. Ya no estamos ante una fase más, sino ante la integración total de todas las fases previas —mercantil, industrial, financiera— en una sola matriz gobernada por la inteligencia artificial. Este techno-capitalismo no solo reorganiza la producción, reconfigura la vida misma. La política, la economía, la cultura, la educación y la guerra están mediadas por sistemas algorítmicos que transforman el tiempo, el trabajo y la subjetividad.

Esta mutación ocurre en simultáneo con un colapso ambiental acelerado. En 2026, el norte del planeta ha sido golpeado con una intensidad inédita por eventos climáticos extremos, crisis energéticas, disrupciones  logísticas y tensiones sociales. El cambio climático es sin dudarlo  factor geopolítico central. La seguridad nacional ya no se mide solo en tanques o misiles, sino en capacidad de absorción de choques climáticos sin perder control político.

El problema es que el techno-capitalismo exige energía, minerales críticos y territorios estables en una escala que el planeta ya no puede sostener. La inteligencia artificial, presentada como solución, profundiza la crisis, consume energía masiva, depende de tierras raras y concentra poder cognitivo en pocas corporaciones y Estados. La transformación ontológica de la condición humana avanza al mismo ritmo que se estrechan los márgenes materiales de la vida.

En este punto emerge con claridad el liberalismo autoritario, producto de dos fracturas estructurales convergentes. La primera es la ilegitimidad profunda del capitalismo como modelo civilizatorio, reconocida incluso por sus propios administradores. En el Foro Económico Mundial de Davos, Larry Fink, director ejecutivo de BlackRock, lo expresó sin ambigüedades al admitir que “el sistema ha dejado atrás a demasiadas personas” y que la prosperidad celebrada por las élites “no se ha traducido en bienestar real para la mayoría de las sociedades”, reconociendo además que esa desconexión ha erosionado la confianza en el modelo económico global. Hambre, guerra, desigualdad extrema, precarización del trabajo y una hiperacumulación del capital sin precedentes desmontan  cualquier promesa de bienestar colectivo mucho antes de la llegada de la inteligencia artificial. Nadie cree ya que el neoliberalismo o la globalización puedan ofrecer un horizonte digno para la vida. Esta deslegitimación empuja al capital a buscar su supervivencia no en el consenso, sino en la fuerza, mientras sus contradicciones aceleran el colapso climático que amenaza, de manera real, la continuidad de la vida humana como especie bajo las condiciones actuales del planeta.

La segunda fractura es la centralidad absoluta de la inteligencia artificial como núcleo organizador del capitalismo, extracción de minerales, procesamiento, ensamblaje, control logístico, producción simbólica y gobierno de la vida social convergen en ella. De allí la guerra por la inteligencia general artificial, en la lógica del techno-capitalismo, quien llegue primero no gana, se lo lleva todo. El código maestro permitiría imponer una sola percepción del mundo como percepción total. No es solo una disputa ideológica, es la fusión entre la necesidad del capital de crecer infinitamente y un planeta finito llevado al borde del colapso, donde la expansión tecnológica amenaza con convertir la extinción en posibilidad histórica concreta.

III. Davos 2026.

El Foro Económico Mundial de Davos 2026 fue un espacio en donde se dijo abiertamente y sin titubeo cuáles eran las normas de nuevo viejo orden mundial. Allí se declaró, sin ambigüedades, el fin del multilateralismo, del derecho internacional humanitario y del consenso liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial. La frase del primer ministro canadiense selló el momento histórico: el mundo entra en la era de la fuerza.

Donald Trump no habló como jefe de Estado, sino como síntoma histórico. En Davos, Estados Unidos anunció que la estabilidad global depende de su capacidad de imponer orden. Groenlandia, Panamá, Canadá, México, Venezuela  y América Latina aparecieron como espacios de violencia en donde la ilegalidad y el miedo buscan sumisión. A eso le llaman presión legítima. Europa fue tratada como actor subordinado y dependiente en la economía mundial. China y Rusia fueron señaladas no como enemigos morales, sino como obstáculos estratégicos a una hegemonía que ya no se justifica, se ejerce.

En paralelo, los líderes del techno-capitalismo hablaron con crudeza, y más robots que humanos, automatización masiva del trabajo, crisis energética estructural y una paz entendida como fragmento administrable. El control de las tierras raras, del microchip, de los puertos, de la energía y de los datos se consolidó como el nuevo campo de batalla. Los aranceles emergieron como armas de guerra multidimensional.

Lo que se impone es un liberalismo autoritario, liberal en su lógica de mercado, profundamente antiliberal en su práctica política. Un orden que gobierna por el miedo, la tecnología y la fuerza, mientras normaliza la fragmentación global como estado permanente.

IV. Guerra multidimensional y colonialismo cognitivo

El conflicto que hoy estructura el sistema internacional ya no puede ser descrito en términos clásicos de guerra entre Estados. Lo que se despliega es una guerra multidimensional, permanente y asimétrica, donde los frentes militar, económico, tecnológico, cultural, psicológico y cognitivo operan de manera simultánea. No se trata solo de controlar territorios, sino de gobernar los marcos de percepción, los flujos de información y los sistemas de decisión que organizan la vida social.

En este escenario emerge una forma propia de dominación, el colonialismo cognitivo o colonialismo de datos. El poder no se ejerce únicamente mediante la ocupación física, sino a través del control de los sistemas de conocimiento, de los lenguajes algorítmicos y de las infraestructuras digitales que median y determinan el acceso a la realidad. La inteligencia artificial no es neutral, codifica valores, jerarquías y prioridades que responden a intereses económicos y geopolíticos concretos. Quien controla los datos, los modelos y la capacidad de procesamiento controla no solo los mercados, sino las posibilidades mismas del pensamiento y la acción.

Estados Unidos ha comprendido esta mutación con claridad estratégica. La nueva Doctrina de Seguridad Nacional asume explícitamente que la superioridad tecnológica, especialmente en inteligencia artificial, es condición indispensable para sostener la hegemonía. La fuerza ya no se limita al despliegue militar, se ejerce mediante sanciones, aranceles, control de plataformas, presión sobre cadenas de suministro y manipulación de dependencias tecnológicas. El miedo, cuidadosamente administrado, funciona como cemento de cohesión social alrededor del líder fuerte, capaz de “proteger” frente a amenazas externas construidas como existenciales.



V. Territorio, recursos y el retorno brutal de la geopolítica

La centralidad de los recursos estratégicos marca el retorno descarnado de la geopolítica. China controla cerca del 60 % de la extracción de tierras raras y casi el 90 % de su procesamiento y refinación global, lo que le otorga un veto de facto sobre la alta tecnología. Por su parte, el Triángulo del Litio en América Latina concentra aproximadamente el 50 % de las reservas mundiales de este mineral, esencial para la movilidad eléctrica y el almacenamiento energético del techno-capitalismo. Mientras tanto, Taiwán, responsable de la fabricación de más del 90 % de los semiconductores más avanzados del mundo, permanece como un enclave crítico atrapado en una lógica de disuasión permanente, consolidándose como la pieza más sensible y peligrosa del tablero global.

En este contexto, la presión sobre Panamá para romper acuerdos con China, las amenazas arancelarias contra Canadá por su acercamiento estratégico a Beijing, la violencia verbal y simbólica contra México bajo la excusa del narcotráfico, el bombardeo de Caracas y secuestro de Nicolás Maduro y las tensiones en torno a Groenlandia no son episodios aislados. Son expresiones coherentes de una estrategia que concibe el continente americano como espacio natural de control, y al mundo como tablero donde la soberanía es condicional.

Los aranceles operan aquí como armas económicas, castigan, disciplinan y reordenan. No buscan eficiencia de mercado, sino alineamiento político. A ello se suma la guerra por los puertos, los corredores logísticos, las rutas marítimas y los nodos energéticos.



VI. Davos y el fin de las ilusiones

En Davos 2026, esta realidad dejó de disimularse. No solo hablaron jefes de Estado y primeros ministros; hablaron los verdaderos arquitectos del orden contemporáneo, los directores y propietarios del techno-capitalismo global. Se anunció sin rodeos la automatización masiva del trabajo, la sustitución de millones de empleos por robótica de alta precisión y sistemas de inteligencia artificial, y la profundización de una brecha social que ya no se intenta cerrar, sino gestionar.

La “paz”, cuando se mencionó, apareció fragmentada, paz para quienes queden dentro del sistema, precariedad y exclusión para quienes queden fuera. La crisis energética fue reconocida como límite estructural, pero no como freno, se asumió como desafío técnico a resolver mediante más extracción, más control y más concentración de poder.

Davos fue, en ese sentido, el momento en que el capitalismo global habló sin máscara. El consenso liberal fue abandonado; la cooperación internacional, cuestionada ; el derecho, subordinado. Lo que emerge es un orden de represión, control y muerte y será el pago para un futuro venidero, en donde sólo algunos accederán a la salvación.

VII. Liberalismo autoritario y horizonte de colapso

El resultado de este proceso es un liberalismo autoritario, un régimen que conserva la lógica del mercado, pero renuncia a las mediaciones democráticas, al derecho internacional y a la igualdad soberana. Un orden que se legitima no por consenso, sino por capacidad de imponer. La democracia se vacía de contenido; las elecciones se mantienen como ritual; la crítica se tolera mientras no altere la estructura del poder.

Este modelo se presenta como inevitable, como respuesta pragmática a un mundo “peligroso”. Pero esa narrativa oculta su propia fragilidad. Gobernar por la fuerza, el control tecnológico y la fragmentación permanente conduce a un punto de colapso sistémico, donde la acumulación de tensiones —ambientales, sociales, energéticas y políticas— desbordarán cualquier capacidad de control.

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