Foto: las siluetas más vendidas para Halloween. Creado con IA. cambioin.com
Por: Editor en Jefe - Publicado en octubre 31, 2026
Especial cambioin el Halloween de la Universidad del Tolima: los horríficos no necesitan Disfraz
Corrupción bajo sospecha, una piñata burocrática, el cementerio de las ideas, profesores persiguiendo puntos salariales, estudiantes reclamando respuestas y fiestas que ponen sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿en qué momento la universidad dejó de ser el templo del pensamiento para convertirse en el escenario de una parranda administrativa?
Encuentre contenido exclusivo en WhatsApp Channel, siganos ya:
https://whatsapp.com/channel/0029Va9kwaD1CYoZxxokC42iñ
Por: Redacción de cambioin. Denuncia e investigación. cambioin.com
En la Universidad del Tolima llegó Halloween, pero nadie necesita comprar máscaras. Los personajes más aterradores ya tienen oficina, escritorio, presupuesto y, algunos, hasta tarjeta de presentación.
Hay fantasmas que recorren los pasillos de la burocracia, esqueletos que crujen dentro de los estados financieros, calabazas llenas de promesas y una piñata institucional que parece tener demasiados interesados en recoger los dulces cuando se rompe.
Lo verdaderamente terrorífico no es que una universidad celebre Halloween. Lo preocupante es que, mientras se habla de innovación, inteligencia artificial y transformación académica, buena parte de la comunidad se pregunta dónde quedaron el debate, la investigación, la participación estudiantil y el respeto por los recursos públicos.
La Universidad del Tolima parece tener dos agendas: una para las fotografías, los discursos y las celebraciones; otra para quienes esperan respuestas, pagos, garantías y soluciones.
Y entre ambas agendas se está abriendo un abismo.
El monstruo de los números: $5.436 millones que no son cualquier susto
El Halloween universitario tiene cifras que producen escalofríos sin necesidad de maquillaje.
Un informe de auditoría de la Contraloría Departamental del Tolima, divulgado por Cambioin, reportó un déficit presupuestal de $5.436.818.603,18 para la vigencia 2025. También señaló anticipos de viáticos y gastos de viaje superiores a $533 millones pendientes de legalización al cierre de ese año, además de 18 hallazgos administrativos.
Aclaremos algo: el informe citado no clasificó hallazgos fiscales ni penales. Por tanto, esas cifras no prueban por sí solas que alguien se haya robado el dinero. Pero sí plantean una obligación ineludible: explicar las cuentas, justificar los gastos y mostrar qué correctivos se adoptaron.
Cinco mil cuatrocientos millones de déficit no son una calabaza decorativa. Más de quinientos treinta millones en anticipos pendientes de legalización tampoco son confeti de una fiesta universitaria.
La pregunta es elemental: ¿quién responde por la planeación financiera, quién explica los anticipos y qué medidas se están tomando para que las cuentas de la universidad no terminan convertidas en una película de terror contable?
Porque cuando se administra dinero público, el susto no lo debe llevar el ciudadano que pregunta. Lo debe llevar el funcionario que no tiene cómo responder.
La piñata universitaria: todos quieren su pedazo
La universidad pública debería ser una comunidad de conocimiento. Pero cuando las decisiones administrativas se convierten en motivo permanente de controversia, aparece una sospecha que ninguna rectoría puede ignorar: ¿se está gobernando para fortalecer la academia o para mantener una estructura de poder?
La piñata tiene muchos dulces: cargos, contratos, convenios, direcciones, comisiones, espacios de decisión y reconocimiento institucional. Y alrededor de ella siempre aparecen quienes quieren romperla, quienes quieren repartir los premios y quienes esperan que nadie pregunte quién compró los dulces.
Las denuncias sobre presuntos acuerdos políticos, cuotas y nombramientos deben investigarse con documentos. No basta con negarlas ni con convertir cualquier pregunta en un ataque contra la autonomía universitaria.
La autonomía no es una cortina para esconder decisiones. Es una garantía para que la universidad piense libremente y no quede subordinada a intereses externos.
Si los cargos se asignan por mérito, que se demuestre. Si los convenios responden a necesidades académicas, que se publiquen sus resultados. Si los recursos se ejecutan correctamente, que se entreguen las cuentas.
La universidad no puede ser una piñata política donde unos pocos golpean y el resto recoge las sobras.
El cementerio de las ideas: aquí las propuestas también necesitan certificado de defunción
Hay algo todavía más triste que un presupuesto en dificultades: una universidad donde el pensamiento crítico empieza a sentirse incómodo.
El movimiento estudiantil no puede ser tratado como un invitado molesto al que se le permite hablar únicamente cuando no cuestiona a las directivas. Su papel es precisamente incomodar, preguntar, proponer y exigir que la institución cumpla su función pública.
En febrero de 2026, Cambioin publicó cuestionamientos de sectores docentes sobre concursos, perfiles y decisiones administrativas. En mayo, el Ministerio de Educación informó que su delegado pidió suspender la sesión del Consejo Superior durante el proceso de designación rectoral, en medio de una recusación y de denuncias estudiantiles sobre presuntas irregularidades en la consulta. El Ministerio advirtió que esas inquietudes podían afectar la legitimidad del proceso si no se tramitaron adecuadamente.
Eso no equivale a una declaración de fraude ni a una condena contra la administración. Pero sí demuestra que hubo cuestionamientos institucionales suficientemente serios para exigir explicaciones.
Una universidad no puede presumir democracia mientras sus estudiantes sienten que deben salir a protestar para ser escuchados.
El cementerio de las ideas no se construye de un día para otro. Primero se deja de escuchar al estudiante; después se descalifica al profesor crítico; luego se convierte el debate en una amenaza; finalmente, todos aprenden que es más cómodo guardar silencio.
Y cuando una universidad consigue que sus estudiantes tengan miedo de preguntar, ya perdió algo más importante que cualquier indicador de gestión.
El movimiento estudiantil no es decoración de la rectoría
Los estudiantes no están en el campus para llenar auditorios, aparecer en videos institucionales o servir de telón de fondo en las fotografías de los funcionarios.
Están allí para formarse, investigar, discutir, disentir y participar en las decisiones que afectan su futuro.
Cambioin informó el 11 de octubre sobre denuncias de monitores y estudiantes que aseguraban llevar dos meses sin recibir sus pagos. También reportó advertencias de sectores estudiantiles sobre posibles medidas de protesta si no encontraban soluciones.
Pensemos en la paradoja: un estudiante cumple sus horas de monitoria, apoya labores académicas o administrativas y luego tiene que esperar para recibir un pago que necesita para transportarse, alimentarse o continuar estudiando.
¿De qué sirve hablar de bienestar universitario si quienes ayudan a sostener la vida académica terminan reclamando por sus pagos?
La universidad debe informar cuántos estudiantes fueron afectados, cuánto dinero está pendiente, cuál fue la causa del retraso y en qué fecha se resolverá.
El movimiento estudiantil no es un enemigo de la institución. Es parte de ella. Y una rectoría que confunde la crítica con la enemistad termina gobernando contra la comunidad que dice representar.
Profesores: entre la vocación académica y la calculadora de puntos
El profesorado merece un capítulo aparte.
En la universidad pública, el sistema de puntos salariales reconoce títulos, experiencia, categoría y productividad académica, de acuerdo con el Decreto 1279 de 2002. No es un invento de la Universidad del Tolima ni un pecado que los profesores busquen mejorar sus condiciones económicas. Es parte del régimen que regula su remuneración.
Pero aquí aparece una pregunta de fondo: ¿qué clase de universidad estamos construyendo cuando el reconocimiento académico corre el riesgo de convertirse en una carrera individual por acumular puntos?
Publicar es importante. Investigar es indispensable. Obtener reconocimiento salarial por productividad puede ser legítimo. El problema aparece cuando el sistema termina premiando más la acumulación de productos que la transformación real de la enseñanza, la investigación pertinente y el compromiso con los problemas del territorio.
¿Dónde queda el tiempo para acompañar estudiantes? ¿Dónde queda la discusión pedagógica? ¿Dónde queda la investigación colectiva? ¿Dónde queda la libertad de explorar preguntas que no necesariamente producen puntos o publicaciones rápidas?
No se puede reducir al profesor a una calculadora con bata. Tampoco se puede exigir que sea investigador de alto nivel, docente ejemplar, gestor administrativo y productor permanente de artículos, mientras la institución no garantice condiciones suficientes para desarrollar esas tareas.
El profesor no es una máquina expendedora de puntos. Es quien sostiene la conversación intelectual de una universidad.
Y si esa conversación se está muriendo, ningún escalafón podrá resucitarla.
La fiesta, la cerveza y el campus: ¿universidad o zona de rumba?
Y llegamos al capítulo que más comentarios despierta en los pasillos: las fiestas, los encuentros recreativos y las versiones sobre consumo y expendio de cerveza dentro de espacios universitarios.
Una universidad puede tener actividades culturales, celebraciones y encuentros de integración. Nadie está proponiendo convertir el campus en un monasterio ni prohibir que los estudiantes disfruten de su vida universitaria.
Pero una cosa es la integración y otra muy distinta es que se normalicen actividades que puedan desconocer las reglas institucionales, los permisos requeridos o las normas aplicables al consumo y expendio de bebidas alcohólicas.
Han surgido cuestionamientos sobre celebraciones y sobre un presunto bebedero de cerveza sin las autorizaciones correspondientes. Esa situación exige algo más que rumores: la rectoría debe aclarar qué actividades se realizaron, quién las autorizó, qué espacios se utilizaron, sí hubo venta o consumo de alcohol y qué permisos y controles existieron.
¿Quién responde por la seguridad? ¿Quién verifica el cumplimiento de los protocolos? ¿Quién autoriza el uso de los espacios? ¿Quién controla los recursos y los posibles ingresos?
La universidad no puede responder con una invitación a la próxima fiesta.
Porque si hay reglas, deben cumplirse. Si hubo autorizaciones, deben mostrarse. Y si hubo irregularidades, deben investigarse.
El campus es un espacio de formación, convivencia y pensamiento. No puede convertirse en tierra de nadie ni en un establecimiento de diversión sin controles.
La fiesta termina. Las responsabilidades administrativas se quedan.
El Halloween de los funcionarios: máscaras, discursos y mucha fotografía
En Halloween todos se disfrazan. En la universidad, algunos parecen haberse especializado en el disfraz institucional.
Está el disfraz de la transparencia, que aparece cuando hay cámaras. El de la innovación, que se luce en las presentaciones. El de la participación, que se usa en los discursos. Y el de la austeridad, que debería aparecer cuando llegan las cuentas.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria para modernizar la educación, pero no puede convertirse en una palabra mágica para tapar las preguntas que siguen sin respuesta.
No hay algoritmo capaz de justificar un gasto sin soporte. Ninguna plataforma digital puede reemplazar una auditoría. Ningún discurso de transformación puede sustituir el diálogo con los estudiantes y profesores.
La modernidad no consiste en ponerle inteligencia artificial a una presentación de PowerPoint. Consiste en tomar decisiones inteligentes, transparentes y verificables.
El rector debe responder; la comunidad no puede acostumbrarse al silencio
La rectoría tiene derecho a explicar su gestión y a controvertir las denuncias. También tiene el deber de entregar información pública, atender los cuestionamientos y garantizar que los recursos de la institución se utilicen conforme a la ley.
No se trata de declarar culpables a partir de titulares. Se trata de que las preguntas tengan respuesta y de que las respuestas puedan verificarse.
Por eso, Cambioin deja planteado un cuestionario que la comunidad universitaria merece conocer:
1. ¿Cuál es el plan concreto para atender el déficit presupuestal reportado para 2025?
2. ¿Qué ocurrió con los anticipos de viáticos y gastos de viaje pendientes de legalización al cierre de esa vigencia?
3. ¿Qué correctivos se adoptaron frente a los hallazgos administrativos de la auditoría?
4. ¿Cuántos monitores y estudiantes tuvieron retrasos en sus pagos y cuándo se normalizaron?
5. ¿Qué reglas se aplican a las fiestas, al consumo y al eventual expendio de bebidas alcohólicas dentro del campus?
6. ¿Qué mecanismos garantizan que el movimiento estudiantil participe realmente en las decisiones institucionales?
7. ¿Cómo se está protegiendo el tiempo de docencia, investigación y discusión académica del profesorado?
No son preguntas extravagantes. Son preguntas básicas para una institución pública.
Que no nos entierren la universidad
La Universidad del Tolima no necesita más disfraces. Necesita recuperar el debate, proteger la investigación, escuchar a sus estudiantes, dignificar a sus profesores y explicar cada peso de su presupuesto.
El Halloween se acaba a medianoche. Pero el déficit, los pagos pendientes, las preguntas sobre los gastos y el deterioro de la confianza no desaparecen cuando se apagan las luces.
Una universidad puede sobrevivir a una fiesta, a una protesta y hasta a una mala administración. Lo que no puede permitirse es perder su razón de existir: producir conocimiento, formar ciudadanos libres y servir a la sociedad.
Porque cuando los estudiantes dejan de ser escuchados, los profesores terminan midiendo su carrera con una calculadora, las ideas se van al cementerio y la piñata queda en manos de quienes controlan el palo, lo que está de fiesta no es la universidad.
Es la mediocridad, esa sí que es una película de terror hoy la UT vive la época más crítica y terrible de su época, una administración que no dialoga y se esconde en la sumisión de sus costumbres parroquiales.
Estás Leyendo cambioin.com